MANIFIESTO 1º DE MAYO 2026

Corre compañera! El viejo mundo queda detrás nuestro.

Hoy no marchamos por nostalgia ni por ritual. Marchamos porque el presente arde y el futuro nos lo quieren arrebatar. Marchamos porque el trabajo sigue siendo explotación, porque la obediencia se nos impone como virtud, y porque la dignidad aún se negocia en mercados que nunca elegimos.

El viejo mundo —el de la jerarquía, la sumisión y el miedo— se resquebraja bajo nuestros pasos. No lo empujamos por capricho, sino por necesidad. Cada jornada laboral precaria, cada derecho recortado, cada vida subordinada al beneficio de unos pocos confirma que no hay reforma suficiente dentro de este sistema.

No hay futuro sin desobediencia.

Desobedecer es recordar que no nacimos para obedecer órdenes injustas. Es negarse a aceptar que la vida se reduzca a sobrevivir. Es organizarnos sin amos, construir sin permisos, resistir sin miedo. La desobediencia no es caos: es la semilla de un orden nuevo, nacido desde abajo, horizontal, solidario y libre.

Frente a quienes nos quieren aisladas, elegimos la comunidad. Frente a quienes nos quieren dóciles, elegimos la acción directa. Frente a quienes nos quieren cansadas, elegimos la lucha compartida.

Paz. Trabajo. Revolución.

Hablar de paz hoy no es ingenuidad: es una urgencia. Vivimos en un mundo atravesado por guerras abiertas y conflictos permanentes, donde millones de personas son desplazadas, explotadas o sacrificadas en nombre de intereses que nunca son los suyos. Las decisiones que conducen a la guerra se toman lejos de quienes la sufren, en despachos donde la vida humana se reduce a cifras, recursos o fronteras.

Nos dicen que la guerra es inevitable, que es parte del orden del mundo, que debemos elegir bando y aceptar sus reglas. Pero la guerra que nos imponen no es la nuestra. No luchamos por banderas ni por mercados, ni por los beneficios de élites políticas o económicas que jamás pisan el frente.

La paz que defendemos no es la paz del silencio, ni la paz de los cementerios, ni la paz impuesta por la fuerza. Es una paz construida desde abajo, desde la justicia social, desde la igualdad real y el fin de toda dominación. Porque no puede haber paz mientras exista explotación, mientras la riqueza de unos dependa de la miseria de otros, mientras la vida esté subordinada al poder y al beneficio.

Rechazamos un mundo donde la violencia es negocio y la guerra una industria. Rechazamos que nuestras vidas sean instrumentalizadas para sostener sistemas que necesitan del conflicto para perpetuarse.

Nuestra paz nace del apoyo mutuo, de la solidaridad entre pueblos, de la desobediencia a quienes nos empujan al enfrentamiento. Es la paz de quienes se niegan a matar y a morir por intereses ajenos. Es la paz que se construye organizándonos, resistiendo y creando alternativas.

Porque luchar por la paz hoy es también luchar contra las causas que hacen la guerra posible.

Y esa lucha —colectiva, consciente, insumisa— es ya una forma de revolución.

Hoy, como ayer, el anarcosindicalismo no pide permiso: construye alternativas. Desde los sindicatos de base, las redes de apoyo mutuo, las huelgas, las okupaciones, las cooperativas, las calles. Allí donde haya explotación, habrá resistencia. Allí donde haya obediencia, habrá rebeldía.

Que tiemblen quienes sostienen este mundo viejo.

Que se escuchen nuestras voces en cada trabajo en cada barrio, en cada rincón.

Porque no esperamos el futuro: lo estamos creando.

¡Viva el Primero de Mayo!

¡Viva la lucha de la clase trabajadora!

¡Por la anarquía y el apoyo mutuo!

COMUNICADO | NI DELITO NI INDULTO: ORGANIZACIÓN Y LUCHA

El indulto concedido a las compañeras conocidas como Las Seis de La Suiza no es un gesto de generosidad del poder. Es el resultado directo de la lucha.

Durante años, seis sindicalistas fueron perseguidas, juzgadas y encarceladas por hacer lo que siempre ha hecho el movimiento obrero: organizarse frente a la explotación y defender a una trabajadora que denunciaba acoso y vulneración de derechos laborales. Por ello fueron condenadas a tres años y medio de prisión en un proceso que ha puesto en cuestión los límites mismos de la acción sindical.

Entraron en prisión. Y no lo hicieron solas.

Detrás había una organización, la CNT, que no abandonó a las suyas, y cientos de miles de personas que llenaron las calles, sostuvieron cajas de resistencia, difundieron el caso y señalaron la injusticia. Hubo movilizaciones, pronunciamientos sindicales, apoyo social y presión política constante durante meses, reclamando una solución que la justicia negaba.

Agradecemos el gesto del indulto parcial (las penas económicas siguen en pie) propuesto por el Gobierno pero llega tarde. Llega después del castigo. Llega después de intentar convertir la solidaridad en delito.

Pero que nadie se equivoque: si hoy están fuera, no es por la benevolencia del Gobierno, sino por la fuerza colectiva de la clase trabajadora organizada.

Este caso ha demostrado algo fundamental: que el sindicalismo que molesta, el que señala al patrón, el que no negocia la dignidad, sigue siendo perseguido. Y precisamente por eso, sigue siendo necesario.

Frente a quienes quieren un sindicalismo dócil, institucionalizado y sin conflicto, la experiencia de La Suiza reafirma lo contrario: el anarcosindicalismo, basado en la acción directa, el apoyo mutuo y la solidaridad, no solo sigue vigente, sino que es más útil que nunca.

Porque cuando tocan a una, respondemos todas. Porque sin organización no hay defensa. Porque ningún derecho se ha conquistado sin lucha.

Hoy celebramos que nuestras compañeras estén fuera.
Pero no olvidamos: nunca debieron entrar.


Solidaridad, organización y lucha.